Es navidad todos los días.  

Roger Scruton 

Desde mediados del siglo XIX, lo kitsch se concebía como un término peyorativo, vinculado a la copia, la baratija, la bagatela, la petulancia, el exceso, la exageración, el oropel y lo «demasiado». Esta asociación inicial con el mal gusto y la vulgaridad comercial ha cambiado de manera radical en nuestros días: lo kitsch ha transitado de ser visto como algo negativo a convertirse en un rasgo deseable e incluso positivo. 

Según Lipovetsky, lo kitsch se eleva ahora al rango de las bellas artes y despierta una simpatía cómplice, una sonrisa connivente y una indulgencia divertida, consolidándose como objeto de consumo. Ya no se limita al ámbito de la decoración, sino que se impone como una forma cultural general que redefine de manera profunda el perfil de nuestras sociedades. 

El neokitsch conserva los rasgos de falsedad, superficialidad, oropel, exceso y mal gusto propios del kitsch original, pero se presenta como una versión ampliada, desmesurada e inflacionista, que desborda los límites. El hiperkitsch ultramoderno, por su parte, representa lo «demasiado» exacerbado y globalizado, extendiéndose cada vez más a distintos sectores. 

En este marco contemporáneo, Lipovetsky caracteriza lo kitsch por la combinación de varias lógicas principales: reproducción mecánica a gran escala, bajo costo, exuberancia decorativa, heterogeneidad estilística y fantasía lúdica. Eros, en este sentido, alimenta el alma de lo kitsch al reivindicar sus derechos mediante la sensualización de la existencia, la estetización del consumo, el deseo de poseer belleza, el amor y el fetichismo de los objetos. 

El arte se convierte así en un objeto de consumo destinado al embellecimiento de interiores, un medio de entretenimiento y diversión, una manera de ocupar el tiempo y decorar el hogar. Lo que se busca es romper con la monotonía cotidiana, disfrutar de placeres inmediatos y alimentar un sentimentalismo desbordante. La cultura comercial de masas termina por vulgarizar así los valores artísticos tradicionales. 

Lipovetsky subraya que lo kitsch produce mediocridad, fealdad y bienes efímeros orientados al entretenimiento fútil. La sociedad de consumo somete a los individuos al reino de «cosas» vacías de sentido y valor, accesibles a todos los bolsillos y conciencias, como una vía de escape frente a la banalidad y la insignificancia de la vida cotidiana. Lo kitsch libera del peso de la seriedad y la reflexión, ofreciendo una evasión sin consecuencias que vacía las mentes de quienes renuncian a la intelectualidad. Cuanto más pobre es la vida cotidiana, más intensa se vuelve la atracción por lo kitsch. 

Finalmente, Lipovetsky advierte que la utopía de la abundancia y la «vida en rosa» —que privilegia la pacotilla de los placeres desenfrenados del consumo por sobre el disfrute mesurado de lo necesario— ha terminado por revalorizar el culto a la sobriedad, principio radicalmente opuesto a los excesos que definen lo kitsch. 

Eduardo Schele

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