
Helene von Druskowitz sostenía que Dios no existe sino como una representación vulgar y tiránica del propio hombre; una imagen que, dicho sea de paso, ha servido para someter a las mujeres, consideradas por ella el género más bello, puro y noble. Como un miserable aborto masculino, la idea de Dios terminó por obstaculizar el progreso femenino.
Para Druskowitz, el mundo carece de divinidades: todo puede explicarse mediante procesos causales y físicos. Es el hombre quien, con sus interpretaciones erróneas, lo degrada irremediablemente. De allí se desprende tanto el pesimismo de la autora como su propuesta radical de erradicar a la mitad del género humano.
El espíritu masculino, en su visión, es insalvable: se identifica con lo vulgar y lo plebeyo, quedando a medio camino entre la humanidad y la animalidad. Esta naturaleza ha martirizado a la mujer, alimentando obsesiones sexuales e impulsos de aniquilación y posesión que incluso se extienden hacia otras especies.
Son estos deseos animalescos los que explican, según Druskowitz, la rabia, la cerrazón mental y la inclinación del hombre a entregarse irracionalmente a la guerra o al deporte. El varón se convierte así en el adversario innato de la razón y del género superior, constituyéndose como el experimento más peligroso y venenoso del cosmos.
¿Existe alguna excepción dentro del género masculino? Sí: el filósofo. En cuanto rareza, actúa como un bálsamo en el camino hacia la verdad y la redención de la humanidad, en la medida en que contribuye a negar la ciega voluntad de poder. Sin embargo, aquí Druskowitz introduce una salvedad: Nietzsche. A él solo le reconoce un valor literario, cuestionando sus verdaderas dotes filosóficas:
“Sus aires de profeta ahora me parecen ridículos. ¿Quién negaría a este hombre abundancia de espíritu y un gran talento para la forma? Sin embargo, trata los grandes problemas filosóficos superficialmente y sin verdadera seriedad (…) en general, el tratamiento de los problemas no armoniza con su importancia; que expresiones de auténtica sabiduría alternan con inútiles ocurrencias y dudosas sofisterías; pruebas de auténticas agudezas con paradojas, y en ocasiones lamentables errores, y que el autor casi se contradice en cada punto”.
El “ridículo y loco filólogo alemán” se convierte, en su lectura, en un enemigo mortal no solo de la filosofía, sino también de las mujeres. Frente a esta misoginia, Druskowitz propone una purificación del mundo femenino a través de una educación más libre y audaz, que incluya la división de las ciudades por sexos y la restricción de los matrimonios entre ellos. La fidelidad, sostiene, debe ser únicamente hacia sí mismas, y no hacia un mundo masculino plagado de extravíos y errores.
Eduardo Schele





























































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