La actitud de extrañamiento que afecta al poeta es la misma que encarna Horacio Oliveira, protagonista de Rayuela, la célebre novela del escritor argentino Julio Cortázar. En esta obra abundan los problemas filosóficos que cuestionan el lenguaje con el que intentamos describir la realidad. Oliveira, por ejemplo, critica con dureza el lenguaje literario, dominado por fábulas y técnicas descriptivas que, a su juicio, ocultan la complejidad inherente a toda acción. 

A Oliveira se le reprocha constantemente su tendencia a sobreanalizar, su necesidad de que la reflexión siempre preceda a la acción. La Maga, su compañera sentimental en Francia, lo increpa diciéndole que vive como un turista en un museo: observa sin involucrarse. Como un poeta arquetípico, contempla los fenómenos como si fueran cuadros, incapaz de fijar su atención en uno solo por mucho tiempo, pues lo acecha la inquietud de no poder ver las demás obras. 

Su incapacidad para encontrar un sentido de pertenencia lo sume en una profunda soledad, que intenta mitigar buscando apoyo en su pareja a través de juegos, sacrificios y rituales. Si la razón no ofrece un camino, es la pasión la que acude en su auxilio, mientras rechaza cualquier vestigio de tradición. Oliveira solo acepta de hombres y mujeres aquello que no ha sido moldeado por la estructura social, aunque reconoce que incluso su propio cuerpo lleva la marca de ese molde. 

Esta tensión le provoca sentimientos contradictorios: disfruta observando la vida desde fuera, pero añora la experiencia de quien vive bajo el amparo del sentido común. De ahí su obsesión con la Maga, situada —en su imaginario— al otro lado del puente que une y separa sus dos mundos. Oliveira anhela un “amor pasaporte”, capaz de permitirle transitar libremente de un lado a otro. Sin embargo, la vida parece reducirse a un comentario sobre algo que nunca llegamos a alcanzar. 

Aunque aquí se percibe una crítica a la abstracción filosófica, también se advierte que, si renunciamos a las ideas generales, nos convertimos en víctimas de las cosas, hipersensibles ante lo que nos rodea. Por eso las circunstancias afectan tanto a Oliveira: lo arrancan de un orden que nunca logró definir. Incapaz de navegar por los ríos metafísicos de las palabras, el poeta parece condenado a contemplarlos desde la orilla, esperando poder entregarse, como los demás, al sinsentido del lenguaje, gracias al cual el ser humano ha erigido paraísos y utopías para no sucumbir ante lo absurdo de la existencia. 

Si se pretende romper los hábitos mentales del lector, la denuncia no puede hacerse desde dentro del sistema que se critica. Por ello, el escritor debe incendiar el lenguaje, destruir las formas coaguladas e ir más allá, cuestionando si este sigue en contacto con lo que pretende expresar, tal como Cortázar simboliza con la figura de la rayuela. En la cima de esa figura se encuentra el cielo, un lugar difícil de alcanzar, pues a menudo calculamos en exceso y nos salimos de sus márgenes, que podrían representar los límites metafísicos del lenguaje. Llegados a ese punto, la angustia nos invade al imaginar otras formas de ver el mundo, y padecemos el vértigo de la existencia al liberarnos de los uniformadores y simples parámetros de la costumbre. Con una percepción extrañada y fragmentada, la rayuela ya no puede volver a jugarse: el escepticismo ha roto los puentes que nos permitirían regresar a la bendición de la ignorancia. 

Eduardo Schele

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