Como antaño hicieran los estoicos, la figura del dandi proclama la frialdad afectiva y rehúye del trato íntimo, pues nada debe amenazar su impasibilidad. De ahí que carezca de grandes propósitos o fines. Anclado en la quietud de un presente que aspira a ser eterno, despilfarra lo que posee y se consume a sí mismo. El spleen, que Charles Baudelaire entiende como melancolía, constituye su sentimiento más íntimo: una disposición superior que le permite no distraerse con el quehacer cotidiano. Es la enfermedad característica del ocioso moderno, aquel que nada espera y a quien nada interesa.

Sin embargo, el spleen no es enteramente negativo: también actúa como una toma de conciencia de la condición humana. El dolor es su rostro afectivo, y en él se cifra una lucidez que conduce a experimentar la absoluta contingencia del hombre y la gratuidad de su existencia. El spleen no busca conmemorar, sino adormecer los recuerdos. Como decía Baudelaire: “Hay que estar siempre ebrio para no sentir el horrible peso del tiempo”.

En el siglo XIX, el dandi comenzó a definirse como un ser vanidoso, imagen reforzada por su elegante forma de vestir. Pero es mucho más que eso: con su actitud excéntrica, busca provocar lo imprevisto, quebrar la lógica y el yugo de las normas, en una sociedad cada vez más dominada por el tedio y el aburrimiento.

Lovecraft, por su parte, consideraba que nociones como “perfección”, “justicia” y “progreso” no son más que ilusiones sustentadas en esperanzas vanas y analogías artificiales, pues no existen razones objetivas para esperar nada de la humanidad. En la ciega tragedia de la naturaleza mecanicista no hay valores absolutos; lo único que tendría sentido sería reducir la agonía de nuestra existencia. Siguiendo a Nietzsche, comparte el ideal aristocrático como ansia de superación humana: solo la aristocracia sería capaz de crear pensamientos y objetos de valor. Allí donde la plebe alcanza dominio pleno, advierte Lovecraft, el gusto desaparece y la insustancialidad reina oscura y triunfante sobre las ruinas de la cultura. Cercano también a Schopenhauer, sostiene que la voluntad y las emociones humanas anhelan condiciones que no existen ni existirán jamás, por lo que el hombre sabio será aquel que domeñe su voluntad y sus emociones hasta despreciar la vida y burlarse de sus pueriles ilusiones y objetivos vacíos.

Al igual que el dandi, Lovecraft describe al hombre sabio como un cínico risueño: alguien que no toma nada en serio, ridiculiza la gravedad y el fervor, y no desea nada porque sabe que el cosmos carece de todo valor. De ahí que la idea del suicidio parezca tan lógica, aunque la rechacemos por una primitiva cobardía y un temor infantil a la oscuridad. Infantil, porque frente al cosmos, nuestra especie carece de toda importancia.

Si las ilusiones son lo único que poseemos, Lovecraft nos invita a aferrarnos a ellas: otorgan un valor dramático y una reconfortante sensación de sentido a cosas que, en realidad, carecen de ambos. Lo que nos queda es conducirnos, plácida y cínicamente, según los modelos y tradiciones artificiales legados por nuestra historia y entorno: los únicos medios por los que, a la larga, podremos obtener alguna satisfacción en la vida.

Eduardo Schele

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