
Parra sostiene que durante medio siglo la poesía fue el refugio del tonto solemne, del discurso académico encerrado en sí mismo. Pero el poeta —afirma— es un hombre como cualquiera: un constructor de puertas y ventanas que conversa en el lenguaje cotidiano. Con este gesto, Parra arremete contra el poeta demiurgo, el erudito encerrado en su torre de marfil, quien debería ser juzgado por edificar castillos en el aire y malgastar tiempo redactando sonetos a la luna.
Lo que propone, entonces, es una poesía fundada en la revolución de la palabra, una que brille por igual para todos. Se condena así la poesía de “pequeño dios”, de “vaca sagrada”. Contra la poesía de las nubes, una poesía de tierra firme. Contra la poesía de café, una poesía de naturaleza. Contra la poesía de salón, una que resuene en la plaza pública, una poesía de protesta. En definitiva, los poetas deben descender del Olimpo.
Para Parra, la verdad es un error colectivo. El deber del poeta consiste en enfrentar la página en blanco… aunque duda que tal hazaña sea posible. ¿Puede acaso el silencio ser superior al acto de decir? En este punto, Parra alude al Tractatus de Wittgenstein: de aquello de lo que no se puede hablar, es mejor callar. Pero ¿qué es aquello que escapa al lenguaje? En Wittgenstein, se trata de los límites del sentido lógico, de las proposiciones metafísicas. En Parra, de cualquier afirmación que exceda el lenguaje ordinario y la práctica común. Por eso nos lanza un último deseo: que quememos su libro, pues no representa lo que quiso decir, del mismo modo que Wittgenstein reconoció que las proposiciones del Tractatus carecen del sentido que pretendía delimitar.
Desde una perspectiva empirista, Parra sentencia que el pensamiento muere en la boca. Rechaza la plegaria verbal y sostiene que en la realidad no hay adjetivos, conjunciones ni proposiciones: sólo hay acciones y cosas. La interjección es del sujeto, el adverbio del profesor, el verbo “ser” una alucinación del filósofo. De ahí su exclamación: “¡silencio mierda! Con 2000 años de mentira basta”. Y su apuesta por una vida más lúdica, creativa, igualitaria y pluralista.
Cuando intentamos delimitar lo que puede ser dicho, solemos transgredir esos mismos límites. Parra los desborda desde el sentido común; Wittgenstein, desde la lógica y la empiria. Por eso ambos terminan afirmando el absurdo y el sinsentido de sus propios escritos. Y valorando, por encima de la teoría y la fundamentación, el acto y el silencio.
Eduardo Schele





























































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