Caminar como insurrección: sobre la libertad salvaje en Thoreau 

Thoreau no escribe sobre caminar como una práctica saludable ni como simple ejercicio físico. Lo que se despliega en Caminar es una forma de insurrección silenciosa: un rechazo al mundo sedentario, domesticado y sobreorganizado que ha reducido al ser humano a una criatura de interiores. Caminar, en su sentido más profundo, es una afirmación de libertad salvaje, de comunión con la tierra indómita, y de pertenencia a ningún sitio en particular —pero a todos al mismo tiempo. 

Frente a una civilización que sienta cuerpos y adormece voluntades, Thoreau rescata al «deambulante» (saunterer) como figura liminar: vagabundo según la ciudad, pero peregrino según la tierra. No tiene morada fija porque habita en la apertura, porque encuentra en cada sendero una forma de regresar a sí mismo. Caminar es, así, una práctica espiritual: una cruzada sin dogma ni destino, una disponibilidad radical ante el magnetismo sutil de la naturaleza. 

El texto lanza sus dardos sin ambigüedad. Contra la vana acumulación de los ciudadanos y la pretendida sabiduría de quienes presumen saber, Thoreau opone una ignorancia fructífera, una sabiduría negativa que consiste en saberse incompleto, expuesto, orientado por fuerzas que no pueden codificarse. El conocimiento, afirma, muchas veces no es más que un obstáculo para el asombro. Caminar no es informarse, es impregnarse: “bañar la mente en atmósferas que los pies apenas alcanzan a pisar”. 

La crítica a la domesticación del paisaje —y del alma— no se limita a la tala de árboles o a la construcción de casas; apunta al olvido de una relación originaria con lo viviente. Hay una tonalidad elegíaca en esta defensa de lo salvaje, pero también un canto celebratorio: el bosque, la pradera, la noche, los animales que reivindican sus impulsos innatos… todos ellos constituyen una familia más legítima que la sociedad disciplinada. 

Thoreau camina para no traicionar lo esencial: el ahora. No hay un llamado a renunciar al pensamiento, sino a evitar que la filosofía envejezca por exceso de pasado. El pensamiento solo respira —dice, con su lucidez provocadora— cuando escucha el canto de cada gallo, en cada horizonte. 

Eduardo Schele

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