El ocaso de los moribundos

Norbert Elias, en La sociedad de los moribundos, ofrece una radiografía sutil y profunda del lugar que ocupa (o más bien, deja de ocupar) la muerte en las sociedades contemporáneas. Lejos de tratarse de un mero análisis del fenómeno biológico, su mirada se dirige al estatuto social, emocional y simbólico de los que se aproximan al final de la vida. Lo que se devela no es la tragedia de morir, sino el drama de ser apartado del escenario social antes de que ese momento llegue. 

Elias sostiene que hay múltiples formas de enfrentar el saber de que la vida tiene un fin: negándolo, reprimiéndolo, o depositando la angustia en la promesa de alguna forma de inmortalidad. Pero, paradójicamente, el desarrollo civilizatorio no ha eliminado el miedo, sino que lo ha disimulado tras cortinas cada vez más pulidas. La muerte, en su versión moderna, ha sido retirada del centro de la escena. Se ha convertido en un asunto técnico, higiénico, casi logístico. 

Los moribundos, antaño partícipes visibles de la comunidad, van siendo desplazados a los márgenes. Su decadencia física no sólo los separa del mundo de los sanos, sino que interrumpe el flujo relacional: su presencia incomoda porque recuerda lo inevitable. Elias señala con agudeza este mecanismo de defensa colectiva: como la muerte de los otros nos enfrenta con la propia, la estrategia más común es el aislamiento de quienes nos lo recuerdan. Y no es un exilio físico únicamente: es afectivo, simbólico, conversacional. 

Lo que aquí se revela no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de una transformación más amplia: la dificultad de los vivos para identificarse con los moribundos es también una dificultad para habitar colectivamente los límites, los umbrales, la finitud. En sociedades donde el control sobre el futuro se debilita y la incertidumbre crece, reaparecen con fuerza las necesidades de consuelo metafísico y refugio emocional, aunque desprovistas del tejido comunitario que otrora las sostenía. 

El resultado es una muerte sin contexto, sin relato, sin compañía. Como apunta Elias, nunca antes se había logrado ocultar con tanto éxito —ni con tanta pulcritud técnica— aquello que debería convocarnos como seres humanos: el acto de acompañar. El duelo comienza antes de la muerte, pero en silencio. Y el moribundo, antes que fallecer, desaparece. 

Eduardo Schele

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