
En sus escritos, Hermann Hesse identifica diversas características que afectan al individuo contemporáneo, destacando especialmente dos fuerzas contrapuestas: lo divino y lo demoníaco. En los lobos esteparios, esta dualidad se traduce en una existencia turbulenta, marcada por la angustiosa idea de que la vida humana no es más que un error descomunal, un aborto violento y desafortunado de la madre universal, un intento salvaje y fallido de la naturaleza. A raíz de esta percepción, el aspecto lupino en el individuo lo impulsa hacia una independencia extrema, despojándolo del orden y los patrones que antes guiaban sus actos.
Sin embargo, en medio de esta aparente libertad, el lobo estepario se da cuenta de que su independencia supone una condena a la soledad y la insignificancia. Aunque encuentra en los demás cierta simpatía, nadie se le aproxima espiritualmente; vive inmerso en una atmósfera de aislamiento, resultado tanto de su distancia con el mundo circundante como de su incapacidad para establecer vínculos genuinos.
Totalmente ajeno al mundo burgués, el lobo estepario no participa de la vida familiar ni de las ambiciones sociales propias de este sistema. Se percibe a sí mismo como una individualidad aislada, un ser extraño y enfermizo que, no obstante, exhibe disposiciones geniales y elevadas en comparación con las reglas convencionales de la existencia cotidiana. Siente desprecio por el hombre burgués y orgullo por no formar parte de él, aunque, paradójicamente, convive con su sistema sin una hostilidad activa, pues ha absorbido sus conceptos y rutinas.
Hesse señala que el ser humano posee la facultad de entregarse por completo a lo espiritual, es decir, de aspirar a lo divino. Pero también puede entregarse enteramente a la vida instintiva, a los apetitos sensuales y a la búsqueda del placer inmediato. El burgués, en contraste con el lobo estepario, procura mantenerse en un equilibrio cómodo entre ambas sendas, evitando el sacrificio y el exceso. Su ideal no es la entrega, sino la conservación del «yo», de modo que busca servir tanto a Dios como a los placeres del mundo.
Para Hesse, el burgués no valora nada más que su propio «yo», cuya preservación le brinda seguridad. Ante el placer, prefiere bienestar; ante la libertad, elige comodidad. Dotado de un débil impulso vital y fácil de gobernar, ha reemplazado el poder por el régimen de mayorías, la fuerza por la ley y la responsabilidad por el sistema de votación. En contraste, el mundo del lobo estepario se rige por instintos, fiereza y crueldad, fuerzas que no se subliman, como ocurre en el burgués. Para él, la religión, la patria, la familia y el Estado pierden todo valor, al igual que la confianza en la ciencia, las profesiones y las artes. Sumido en una desconfianza absoluta, su existencia se torna dura, difícil, solitaria y peligrosa.
Según Hesse, el hombre no es un ente fijo, como pretende conceptualizar el burgués, sino un tránsito entre dos extremos: naturaleza y espíritu. Este tipo de hombre, en constante tensión entre ambas fuerzas, es el que predomina en la actualidad. Sin embargo, el lobo estepario reconoce que su propia identidad se define en oposición al hombre convencional. Por ello, no se rebela activamente contra él, sino que simplemente se aparta. En el fondo, sabe que lo necesita, al menos como recuerdo de aquello que jamás desea volver a ser.
Eduardo Schele





























































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