Grunge y nihilismo

Según Mark Arm, nunca pretendió que el adjetivo “grunge”, que originalmente describía un sonido tosco, sucio y crudo, terminara convirtiéndose en un sustantivo representativo de todo un movimiento musical. Sin embargo, aquella estética sonora encajaba perfectamente con el ambiente oscuro y depresivo del noreste de Estados Unidos.

Como bien lo describió Courtney Love:

Sentí que (Seattle) era un lugar peligroso. Encierra muerte. Para una persona como tú, probablemente parezca una ciudad maja. Todo ese rollo holístico, con sus árboles y arboretos… ¡y una mierda! Lo que yo sé sobre Seattle es oscura, oscura drogadicción, oscura, oscura avaricia. ¡Putos aserraderos, puta corrupción, puta heroína, puta sensación de terror!

En un contexto así, el arte siempre ha emergido como un agente curador. Nietzsche sostenía que las distintas formas de expresión artística nos brindan una protección ante la amenaza de la verdad, no solo la externa, sino también aquella que reside dentro de nosotros mismos. La embriaguez, el éxtasis, la locura: estados que podemos hallar en el arte, remedios que, de algún modo, nos ayudan a combatir una realidad que percibimos como fallida. Su objetivo era superar la interpretación moral del mundo, esa moral que, según Nietzsche, nos ha oscurecido, debilitado y empobrecido, confinándonos en la mediocridad del hombre masa, incapaz de interpretar la realidad desde múltiples perspectivas. 

Para Alain Badiou, cuando el dominio de la técnica desplazó a la metafísica, el sujeto quedó relegado a un papel secundario, hasta el punto de ya no requerir ni siquiera el pensamiento. En este panorama nihilista, solo unos pocos artistas se rebelan contra el férreo dominio de la técnica, deshilvanando los hilos que nos condicionan y limitan nuestra independencia. 

Mark Fisher, por su parte, señala que en el desamparo de nuestra era parece que la única esperanza con sentido es la esperanza sin sentido. Y es el capitalismo mismo el que ha promovido este estado, mediante una total desacralización de la cultura, allanando así el camino hacia el nihilismo. Desde esta perspectiva, considerar que Kurt Cobain fue el portavoz de una generación en el marco del grunge sería un error, pues nunca ofreció una respuesta concreta a los problemas que abordaba en su obra. Sobre esto, el escritor Mark Yarm sostiene que Cobain se limitó a emitir un gemido angustiado, como si se deleitara en un éxtasis de nihilismo, un sonido que, en muchos sentidos, encapsula el espíritu adolescente de nuestra época:

Puede que sus canciones trataran sobre el aislamiento y la apatía, pero un aislamiento y una apatía respecto a temas que no significaban gran cosa. Aficionarse a Nirvana dotaba de poder a una generación que carecía de él.

El nombre Nirvana, de hecho, es un concepto hindú y budista que alude a la liberación de los deseos, la pasión, la ilusión y el yo empírico, con el fin de alcanzar el descanso, la verdad y el ser inmutable. Se trata de la idea de un cielo donde nunca ocurre nada, similar al estado que Cobain y otros artistas habrían alcanzado bajo los efectos de las drogas. 

No obstante, al ser estos procesos tan individuales, el grunge fue rápidamente metabolizado y absorbido por el capitalismo, convirtiendo la disconformidad, la apatía y la impotencia de artistas y espectadores en una nueva fuente de rentabilidad. Así, lo que en su origen fue una antimoda, terminó comercializando camisas de franela hasta en las multitiendas de nuestro país. 

En última instancia, la música y el arte del grunge representaron una lucha contra una tradición cultural que pretendía ocultar el carácter terrible e incierto de la existencia. Rebelándose contra las decadentes formas del intelectualismo humano, artistas como Cobain se negaron a someterse a las fuerzas que debilitan el entusiasmo de la voluntad… hasta que finalmente optaron por extinguirla ellos mismos. 

Eduardo Schele

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