
En su texto El último Mesías, el «anclaje» se considera como un mecanismo de defensa necesario para sopesar el vacío de la existencia racional. De manera similar a Nietzsche, Zapffe señala que una noche en tiempos remotos, el hombre, despertándose y contemplándose a sí mismo, vio que estaba desnudo bajo el cosmos, sin hogar en su propio cuerpo. Todas las cosas se disolvían ante su escrutador pensamiento. La culpa de todo esto se le atribuye a su propia naturaleza, pues la vida en nosotros llegó a sobrepasar sus propios objetivos, abriendo paso a su propia destrucción.
Nuestra especie, afirma Zapffe, fue armada con la razón, una espada sin empuñadura ni revestimiento, una hoja de doble filo que todo lo hiende, incluso hacia nosotros mismos, llevándonos a comer del árbol del conocimiento y a ser expulsados para siempre del paraíso, perdiendo la armonía del alma y la inocencia. Sin embargo, la mayor parte de la gente aprende a limitar su conciencia, reprimiendo el pensamiento y, con ello, favoreciendo la adaptación social.
Zapffe señala que lo anterior se puede lograr mediante el «aislamiento», mecanismo represivo que busca la expulsión de todo pensamiento o sentimiento preocupante. Para esto, se vuelve esencial el «anclaje», el cual, desde temprana edad, aplicamos sometiéndonos al orden de la familia y el hogar, otorgándonos así una mayor sensación de seguridad. Esta protección, dada ya desde el apego infantil, nos brinda cierto remedio contra el caos y, en consecuencia, la angustia. No obstante, Zapffe señala que más tarde pasamos a descubrir que tales bases de seguridad son en realidad arbitrarias y efímeras, a lo que sobreviene una crisis de confusión y ansiedad, emprendiéndonos en la búsqueda de algún otro anclaje en su reemplazo. Toda cultura no sería más que un gran sistema de anclajes a los que la persona busca aferrarse. De hecho, Zapffe afirma que la personalidad ya está construida o prefabricada por estos anclajes colectivos heredados, tales como Dios, la Iglesia, el Estado, la moralidad, el destino, la ley de la vida, la gente, el futuro.
Cuando estos fundamentos vienen a ser reemplazados, se producen grandes hecatombes sociales, pues los individuos quedan abandonados a sus propios recursos, derivando usualmente en depresiones, excesos y suicidios. Es así como se produce finalmente el «desanclaje», el cual nos lleva a la conciencia de que la verdad, como decía Nietzsche, no es más que un conjunto de metáforas y antropomorfismos, solamente consolidadas por el olvido y el paso del tiempo. Sin embargo, si la vida parece soportable, lo es solo a través de tales supuestos, los cuales pretenden ordenar y orientar los fenómenos.
Como destacó Emil Cioran, nos vemos obligados, con desespero, a abrazar cualquier causa o verdad, en vista de evadir el angustiante desengaño de los fundamentos antes citados.
El papel de los periodos de declive, señala Cioran, es el de poner a una civilización al desnudo, el de desenmascararla, el de despojarla de sus prestigios y de la arrogancia ligada a sus logros. Así, esa civilización podrá discernir lo que valía, lo que vale y lo que había de ilusorio en ella. En la medida en que se despegue de las ficciones que le dieron renombre, dará un paso considerable hacia el conocimiento, hacia el desengaño, hacia el despertar generalizado, avance fatal que la proyectará fuera de la historia. Nos encontramos así en la situación de un espectador consternado, uno que ya no puede confiar en las verdades que antes le permitían vivir. Y es que nadie, señala Cioran, puede prescindir de apoyos disfrazados de eslóganes o de dioses, de allí que la lucidez de la conciencia cuente como un azote, como una carga que nos termina dificultando el vivir en comunidad.
Eduardo Schele
*Fragmento del libro La caída de Ícaro. Sobre el suicidio y los desencantos de la conciencia.





























































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