En Ser y tiempo, Heidegger plantea que la pregunta por el sentido del ser ha caído en el olvido. Si el preguntar se entiende como una búsqueda, toda búsqueda está previamente orientada por aquello que se busca. Formular la pregunta por el ser implicará, por tanto, hacer que un ente —el ser privilegiado que puede llegar a formular esta pregunta, el Dasein (ser humano)— se torne transparente.

El ser humano siempre se comprende desde un tipo específico de existencia, la cual limita a su vez sus posibilidades. Nuestro sentido, en consecuencia, depende de la temporalidad, desde la cual podemos interpretarnos a nosotros mismos. Somos lo que somos porque habitamos en un tiempo y espacio determinados.

El conocimiento, por tanto, constituye una modalidad del ser del Dasein en cuanto ser en el mundo. Si el ser humano queda absorbido por el mundo, lo sustancial no radicará en su espíritu, sino en su existencia. Según Heidegger, el Dasein nunca consigue liberarse por completo de este estado interpretativo cotidiano en el que inicialmente ha crecido. Es en este estado, desde él y contra él, donde se desarrolla toda comprensión genuina. Así, el ser humano no accede a un mundo en sí, pues en el conocimiento prevalece un estado interpretativo y público que condiciona constantemente lo que percibimos.

En oposición al racionalismo clásico, Heidegger sostiene que es la existencia la que determina nuestra forma de pensar. En este contexto, la historicidad adquiere una importancia radical, ya que su análisis es una condición previa para examinarnos a nosotros mismos y para abordar la pregunta por el ser, cuya respuesta siempre estará mediada por el entorno en el cual hemos sido arrojados, inicialmente de forma irreflexiva.

El problema, según Heidegger, radica en que la historicidad que nos constituye queda frecuentemente oculta por la tradición. Al encontrarnos en el mundo, estamos sujetos a los imperativos culturales vigentes, sin alcanzar a vislumbrar el origen ni las causas de nuestros hábitos y creencias. En este hecho reside la necesidad de desmontar los velos que impone la tradición. Adoptando el método fenomenológico de Husserl, Heidegger nos insta a regresar a las cosas mismas, para mostrar desde ellas aquello que se revela.

No obstante, al proceder de esta manera, inevitablemente surge la angustia, ligada a la experiencia de estar en el mundo sin encontrar significatividad alguna. Al derribar lo cotidiano y familiar, se manifiesta la inevitabilidad de la muerte, un hecho que tendemos constantemente a ocultar. Sin embargo, esta llamada trascendental nos interpela para que confrontemos nuestras posibilidades y nos alejemos del bullicio y la superficialidad de la vida cotidiana.

Para Heidegger, la insignificancia del mundo revelada en la angustia pone de manifiesto la nihilidad de todo aquello que puede ser objeto de ocupación, es decir, la imposibilidad de proyectarse nuevamente en alguna forma de actividad, olvidando nuestra condición de arrojados. La mirada contemplativa que surge a partir de la conciencia se abstiene de la manipulación que la tradición ha impuesto a través de sus prácticas.

En definitiva, Heidegger nos invita a cuestionar los fundamentos sobre los cuales interpretamos nuestra existencia. Su análisis del Dasein, la historicidad y la angustia desvela un camino hacia una comprensión más auténtica del ser, despojándonos de las capas impuestas por la tradición y la cotidianidad. A través de esta confrontación radical con nuestra finitud, somos llamados a reflexionar sobre nuestras posibilidades y a asumir con responsabilidad el acto de interpretar nuestro lugar en el mundo. Solo al enfrentar esta tarea de manera genuina podemos acercarnos a una respuesta, siempre provisional y abierta, a la pregunta por el ser.

Eduardo Schele

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