
En Vigilar y castigar, Michel Foucault expone el surgimiento de una nueva tecnología disciplinaria destinada a producir individuos dóciles y útiles en instituciones como prisiones, hospitales, ejércitos y escuelas. El antiguo espectáculo público del castigo —teatro del sufrimiento y afirmación de la soberanía— cede su lugar a un enfoque administrativo y procedimental, donde la sanción deja de inscribirse en la carne para dirigirse al alma, la voluntad y las disposiciones del sujeto.
El suplicio de la muerte, señala Foucault, era un arte que prolongaba la vida en el dolor: una técnica cuantitativa del sufrimiento. El cuerpo del condenado se convertía en escenario y pieza central de un ceremonial político que buscaba restituir la soberanía ultrajada más que impartir justicia. Sin embargo, el costo político y económico de estas prácticas —percibidas como excesos arbitrarios del poder monárquico— precipitó su transformación.
La modernidad inaugura un modo de castigar que aspira a la universalidad y al arraigo social. La severidad del suplicio se sustituye por la vigilancia, y la técnica punitiva se convierte en una política del cuerpo donde la ley aparece como necesidad inherente. El cuerpo del condenado pasa a ser un bien social, apropiado colectivamente y puesto en función de la utilidad. El castigo deja de ser espectáculo para convertirse en escuela: el criminal se transforma en objeto de instrucción y la cárcel en museo del orden, con la misión de prevenir y reformar.
Este desplazamiento se logra, según Foucault, mediante el control minucioso de las operaciones corporales: ritmos, tareas y ejercicios que imponen docilidad y productividad. El mismo esquema se replica en colegios, talleres y hospitales, donde predomina una normalización homogeneizadora basada en un modelo anatomo-cronológico del comportamiento. El individuo, en este sentido, no es una esencia, sino una construcción fabricada por la disciplina como tecnología de poder.
La utopía contemporánea de la ciudad perfecta se encarna en el panoptismo: una jerarquía de vigilancia que mide, corrige y disciplina a los “anormales”. El poder opera sin ser visto, automatizando y desindividualizando su ejercicio. El Panóptico de Jeremy Bentham, núcleo conceptual de esta estructura, consiste en un edificio circular con una torre central desde la cual un vigilante observa sin ser detectado. Esta arquitectura produce la interiorización de la vigilancia: los individuos se supervisan a sí mismos, reduciendo al mínimo el costo del poder.
Foucault concluye que, aunque la disciplina ha fracasado en su objetivo declarado —la reforma del criminal—, ha triunfado en su propósito oculto: invisibilizar el poder. Su implementación ha logrado que los sujetos ignoren tanto su origen como su finalidad, generando una disconformidad que apenas encuentra palabras para expresarse.
Eduardo Schele





























































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