
Según William Burroughs, el rock es un medio para romper con el tedio de la vida cotidiana, convirtiéndose en un agente de resistencia frente al control impuesto por la sociedad. A través de esta música, los artistas buscan sacudir las conciencias de los espectadores, provocando en ellos un despertar. Los sonidos estridentes, en muchas ocasiones, logran liberarnos así del opresivo orden de la razón.
Greg Tate, reconocido escritor de la revista Village Voice, evocó esta experiencia al hablar, por ejemplo, de la música de Bad Brains:
“Ahora que los Bad Brains tienen este cassette de catorce canciones editado por ROIR Records, que el mundo sepa que nunca estuvieron tonteando. ¿Hardcore? Se lo toman muy en serio. ¿Dices que quieres hardcore? Yo digo que los Brains te darán hardcore saliendo de su culo, amigo. Hablo de una lobotomía con un martillo, de darse un baño de hidromasaje dentro de una mezcladora de cemento, de una cirugía dental hecha por Black & Decker, de hacer el amor con una motosierra”.
Luigi Russolo destacó que, a partir del siglo XIX, la invención de las máquinas introdujo un ruido que, poco a poco, comenzó a hacer vibrar no solo los sentidos, sino también las mentes, transformando nuestra visión del mundo. Según Adolfo Vera, el rock crea la ilusión de liberar el yo, lo que se manifiesta en una serie de gestos convulsivos generados por la electricidad. Esta dinámica se hace evidente en los espectáculos en vivo:
“El concierto de rock, definido antropológicamente como un contexto de participación, mezcla, fusión, trance e hibridación, produce la ruptura de la unidad del ser gracias a los roces, el sudor, los gritos, los toqueteos indiferenciados, el calor extremo y la pérdida de los otros. Es esa extraña constitución de un solo cuerpo, una unión-comunión-extática, la que emerge de los miles que participan en un concierto”.
Para Vera, el rock se convierte en una experiencia que despierta deseos e instintos al actuar principalmente sobre el cuerpo del espectador mediante los efectos sonoros de los instrumentos. Estas experiencias permiten liberar deseos reprimidos, incluso a costa de la propia integridad. La voluptuosidad acústica se convierte, así, en un elemento esencial para estimular los nervios y revitalizar nuestras vidas.
Las almas atormentadas no buscan la precisión musical ni, mucho menos, la iluminación; anhelan tan solo un instante que les permita elevarse brevemente sobre la cotidianidad, olvidando sus miserias y turbaciones. Para ello, basta con que los artistas innoven en la creación de estímulos, alimentando la capacidad de asombro de aquellos relegados al margen del pensamiento.
En este contexto, el rock emerge como un vehículo de catarsis, ajeno a aspiraciones más elevadas o heroicas. En la era moderna, los artistas no pretenden salvar a nadie. Su propósito es, sencillamente, acompañarnos en nuestro desencantado transitar por el mundo, ofreciendo un espacio donde podamos contemplar con mayor claridad la fragilidad de un paisaje definido por la incertidumbre.
Eduardo Schele





























































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