Valparaíso   

hundido   

para arriba   

Nicanor Parra. 

Antaño considerado un paraíso de descanso para los navegantes, Valparaíso, tras su mayor urbanización a partir del siglo XIX, quedó inevitablemente teñido por un aire de nostalgia que impregna todas sus caracterizaciones. 

Pablo de Rokha, por ejemplo, veía en la ciudad-puerto una belleza contradictoria y catastrófica, capaz de dejarnos estupefactos ante sus dramas y tragedias, como si naufragar en ella fuera casi inevitable. 

Quizás por eso, según Camilo Mori, los porteños hallan refugio en los cerros: comarcas definidas por quebradas y despeñaderos, donde niños y quiltros comparten espacios en un hormiguero de resignada miseria. En Valparaíso, la nobleza y la vileza coexisten en un delicado equilibrio. Mientras tanto, el mar, eterno telón de fondo, invita a la evasión, inspirando sueños de nuevas vidas y aventuras más allá del horizonte. 

Ninguna ciudad, señalaba Pablo Neruda, ha derramado tantas escaleras como Valparaíso. Por ellas no solo ascienden y descienden las vidas de sus habitantes, sino también los paraísos personales que cada uno construye en un intento por escapar del infierno de la civilización moderna. Sin embargo, como Sísifo, el porteño cae una y otra vez. ¿El consuelo? Ese incesante ir y venir por las escaleras equivale, al menos en el plano imaginario, a haber dado la vuelta al mundo. 

La verticalidad de esta ciudad-puerto nos insta a contemplar el abismo, y a dejar que este también nos contemple a nosotros. Escapar de esta relación vertiginosa resulta casi imposible, sobre todo cuando, como señalaba Benjamín Subercaseaux, no se tiene la vocación de navegar más allá. Así, los porteños parecen condenados a habitar las innumerables piezas de las incontables casas desperdigadas por los cerros de Valparaíso. Allí, las coloridas viviendas, balanceándose precariamente, gozan del crepúsculo antes de sucumbir al ocaso y a los excesos y angustias de la noche. 

Lo sintetizó magistralmente el Gitano Rodríguez en su célebre canción: el puerto parece vigilar a sus habitantes con una fría indiferencia. ¿Acaso podría ser de otro modo, cuando la muerte ha enlutado tantas veces sus calles desteñidas? Poco importa. Valparaíso, con todo su drama, se torna indispensable: vivir sin conocerla parece impensable. 

Y, sin embargo, queda siempre la esperanza del viento, ese que azota a la ciudad intentando, a su manera, barrer su dolor y tragedia. Aunque, como observó Álvaro Bisama, parece que apenas alcanza para lavar los pies de la ciudad, esos que los turistas inmortalizan incansablemente en sus fotografías. Porque Valparaíso no solo exporta bienes: también exporta miseria, como si fuera un parque temático del dolor y la pobreza.

Eduardo Schele

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