
Bad Religion, banda formada en 1979 en Los Ángeles, California, se ha posicionado como una de las agrupaciones más icónicas del punk rock, destacada por sus incisivas críticas sociales. A través de sus letras, Greg Graffin y Brett Gurewitz han cuestionado profundamente las creencias que perpetúan la ignorancia y limitan nuestra perspectiva del mundo.
Las canciones de la banda revelan cómo diversas formas de control suelen pasar inadvertidas. La tecnología, por ejemplo, ha reducido nuestra curiosidad y estrechado el horizonte de nuestro pensamiento. Sumidos en una apatía crónica, nos vemos condenados a glorificar valores puramente comerciales que, a su vez, refuerzan la indiferencia, despersonalizan la moral y fomentan la frivolidad.
Como señala Graffin, hoy en día buscamos consuelo en el entretenimiento. Los nuevos héroes modernos prometen más que solo escapar del aburrimiento: prometen un refugio del pensamiento crítico y de la carga que implica reflexionar sobre el sufrimiento ajeno. En este contexto, «el otro» se deshumaniza, convirtiéndose en una entidad impersonal, incapaz de ser juzgada bajo parámetros morales o éticos significativos.
Al perder nuestra singularidad, nos volvemos más vulnerables a la manipulación de las fuerzas externas, que nos tratan como meras mercancías. Nuestros logros y éxitos, lejos de perdurar, pronto se desvanecen en el olvido. Sujetos a la lógica volátil del consumo, nuestra existencia está marcada por la ansiedad y la frustración. Aunque el capitalismo nos ha liberado de las culpas impuestas en el pasado, nos ha atrapado en un hedonismo que sofoca nuestra conciencia y nos alinea con el resto en una carrera interminable hacia un paraíso inalcanzable. En nuestra ambición de acumulación y dominio, debilitamos a quienes no pueden competir, ignorando nuestra propia autodestrucción.
Los discursos transgresores que aún persisten son rápidamente trivializados, reduciéndose a clichés incapaces de provocar cambios reales. No obstante, todavía es posible identificar las raíces de nuestros males y resistir la resignación. En este sentido, el pensamiento negativo puede servir como una herramienta valiosa para desmitificar las ilusiones que sostienen al sujeto moderno, permitiéndonos redefinir nuestras metas. Lejos de ser un fin en sí mismo, el nihilismo se presenta aquí como un medio para cuestionar y transformar el mundo.
La monotonía y la frivolidad que saturan la vida cotidiana podrían ser el preludio de un cambio radical. Sin embargo, este cambio requiere el valor de abandonar las certezas que ofrecen los grupos dominantes. Al revelar los prejuicios de estas creencias, debilitamos las ficciones que esclavizan nuestras mentes. Así, el pesimismo puede ser visto como un medio para la recuperación de nuestro control y poder. Aunque con ello no logremos derribar por completo los muros de la tradición, al menos podremos alzar proclamas que inspiren su eventual superación.
Eduardo Schele





























































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