Un animal que puede sufrir por lo que no es, he ahí al hombre.    

Según Emil Cioran, el ser humano, a causa de una vacilación olvidada, se ve forzado a abrazar cualquier causa, por más engañosa o insustancial que esta sea. Sin embargo, quienes han despertado del sueño y de las ilusiones que producen las verdades encuentran difícil militar en alguna teoría, pues la vacuidad de la existencia se revela con demasiada claridad.

Para los consternados espectadores de la debacle, la lucidez se convierte en un azote que despilfarra preguntas cada vez más peligrosas. Liberado de las ficciones, el ser humano —advierte Cioran— ya no podrá ni querrá inventar nuevas. Este sería el síntoma de la confusión propia de nuestra obsolescencia.
Perdida la inocencia y el entumecimiento emocional, la conciencia hunde a la civilización en un embragamiento sin sentido, aguardando el pronto fin de la anomalía de nuestra existencia.

Si la historia no es más que una sucesión de falsos absolutos, de mitologías delirantes y ficciones frenéticas que exaltaban el estatus del ser humano, ¿qué ocurre cuando la desconfianza es tal que ningún relato logra convencernos? Hoy, nadie está dispuesto a renunciar al placer en nombre de una supuesta trascendencia. El paradigma es el de la prostitución: despojados y abiertos a todo, bajo un interés meramente comercial.
Cuando nos enfrentamos a la existencia sin la compañía habitual de las palabras, ante el acontecimiento desnudo, el mundo pierde valor y la risa lo impregna todo. Surge entonces la fascinación por el azar, la inutilidad y la imperfección de lo inmediato, en contraste con las añejas y estériles convenciones del pasado, que solo destruyeron los lazos que nos unían a la tierra.

El desmayo astral que antaño propiciaban las religiones ya no marea a nadie, pues la moral se impuso en su lucha contra la inutilidad de la existencia. Según Cioran, las religiones contaminaron las almas de cobardía al privarlas de nuevos estremecimientos y frenesíes. El deseo de ver sangre correr nace del hastío que produce la paz perpetua. Es el tedio lo que nos mata, pues no hay manera de endulzar el sinsentido de nuestros destinos fatales. La auténtica vida no reside en la cordura, sino en la ruptura. Debemos embriagarnos de delirio, como mendigos de la existencia, para escapar del mundo.

Esto también puede lograrse mediante el padecimiento de una enfermedad o de cualquier desasosiego, que intensifica nuestra percepción, hipertrofia la sensación del tiempo y desafía los conceptos. Quienes buscan practicar la lucidez, sostiene Cioran, deben convivir con la desesperanza, ya que si la libertad de pensamiento está asociada al vértigo de la existencia, la felicidad y el optimismo impiden su fortalecimiento. El vértigo, aunque inicialmente doloroso, termina por estimularnos y purificarnos del hastío de la vida común. El sufrimiento se convierte así en instrumento para constatar nuestros límites. En este sentido, los suicidios son trágicos solo cuando ocurren demasiado pronto, pues entonces truncan un destino en lugar de coronarlo. Así como Adán cayó en el ser humano, nosotros debemos caer en nosotros mismos, en nuestros horizontes, para que, respirando en los límites, nuestra historia pueda llegar a su fin.

La cruel lucidez llena el mundo de melancolía, haciendo que fluya a través de quien lo piensa. El egoísmo es el secreto de las almas poéticas, ya que, según Cioran, no es el poeta quien está triste, sino el mundo entero que se entristece en él. El poeta representa el punto de menor resistencia, donde el mundo se vuelve transparente ante sí mismo y la naturaleza manifiesta los síntomas de su enfermedad. A diferencia del filósofo, el poeta se embriaga con el perfume de la superficialidad, logrando saborear el delicioso vértigo de la existencia.

Eduardo Schele

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