Erotismo y exceso: la transgresión según Bataille

Para Bataille, el erotismo se funda en la violencia y en la destrucción de aquello que se desea, desplegando siempre en su juego una fascinación por la muerte, al pretender la disolución de las formas que lo sostienen.

Sin embargo, advierte que esto no implica, como sostenía Sade, que el erotismo esté condenado a desaparecer, sino que se ve cuestionado, perturbado o alterado. En él también se busca la continuidad con el ser amado, al cual puedo consumir, pero no aniquilar. Bataille reconoce, además, que la naturaleza misma es violenta: en ella late un impulso que desborda los límites. La humanidad arrastra un exceso irresistible que la empuja a destruir, a consumar y arruinar sin utilidad ni subordinación a fines ulteriores. Este impulso ha sido parcialmente contenido por el trabajo y sus prohibiciones, que buscan expulsar la violencia del curso ordinario de la vida.

Todo hombre, sostiene Bataille, dispone de una energía limitada. Si una parte se destina al trabajo, la consumación erótica se ve disminuida. La animalidad o exuberancia sexual es aquello que nos impide ser reducidos a simples objetos. Cuanto más humanizados los hombres, más reducida resulta esa exuberancia. Entre la conciencia —ligada al trabajo— y la vida sexual existe, por tanto, una incompatibilidad.

Pero como para Bataille la vida es exceso, la crueldad y el erotismo se constituyen en transgresiones constantes de lo prohibido. El objeto más deseado es, al mismo tiempo, el más capaz de arrastrarnos hacia gastos frenéticos y a la ruina. Los hombres buscan las mayores pérdidas y peligros. En el trance de la fiebre sexual dilapidamos fuerzas y recursos sin provecho. Y, paradójicamente, en ello hallamos felicidad, en abierta contradicción con la tradición que nos insta a conservar y acumular.

El otro también juega un papel decisivo: la solidaridad hacia los demás dificulta al hombre ejercer una actitud soberana. Como ya había señalado Nietzsche, Bataille considera que el respeto del hombre por el hombre nos introduce en un ciclo de servidumbre. Frente a ello, la apatía se convierte en el espíritu de negación propio del sujeto que ha elegido ser soberano. Es causa y principio de energía. En la fiesta o en la plenitud del goce sexual se produce la transgresión, y con ella se experimenta un sentimiento de libertad.

En este marco, la filosofía adquiere un rol ambivalente: puede ser trabajo o transgresión. Como labor especializada, es un alejamiento de la vida. Pero como transgresión, la filosofía sustituye el lenguaje por la contemplación silenciosa, contribuyendo a la revelación de la unidad del ser. El momento supremo se da en el silencio, y es en el silencio donde la conciencia se oculta.

Eduardo Schele

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