
Los nervios ópticos reposan en la penumbra hasta que la retina es sacudida por el destello de la desgracia. Ese fulgor obliga al organismo a despertar, rompiendo la inercia. Frente a la pantalla, el individuo redescubre una motivación que no proviene de sí mismo, sino del espectáculo de la tragedia.
Dependemos cada vez más de estímulos externos para sobrellevar tanto el dolor como el tedio. Al carecer de una verdadera riqueza espiritual, nos entregamos a los designios egoístas —y muchas veces perversos— de la voluntad. La sociedad, al reprimir nuestra agresividad original, nos ofrece sucedáneos que alimentan la sed de violencia: pequeñas dosis de tragedia que domestican el instinto y satisfacen la morbosidad.
En este escenario, la violencia se convierte en válvula de escape. El individuo moderno compara sus propias penurias con las ajenas y encuentra consuelo en que las desgracias de los otros superen las propias. La pantalla funciona como un espejo: lo que allí se proyecta absorbe al espectador, convierte la ficción en realidad y distorsiona su percepción, liberando a los ojos de cualquier atisbo de racionalidad.
Necesitamos de esas farsas imaginarias para enfrentar nuestras pasiones y desvaríos. La historia, entendida como una sucesión de absolutos fallidos, se erige como un templo donde caben tanto el delirio como el asesinato. Con las convicciones pisoteadas, la ruina de la civilización se contempla con indiferencia. Cuando los espíritus, privados de un delirio constructivo, se dejan arrastrar por la disolución de morales, ideales y creencias, solo les queda contentarse con el drama circundante, pues son esos sucesos los que otorgan un mínimo sentido narrativo a la existencia.
La enajenación se sortea a través de la ficción, en un intento de huir de nosotros mismos. Este es el mal de una generación sin apoyos metafísicos, incapaz de sostener el pensamiento abstracto. Limitado al mundo de las sensaciones, el sujeto común disfruta anulando su conciencia y dejándose guiar, como un animal más, por el flujo incesante de estímulos. La clave es convertirse en tránsito: no pertenecer a nada, ser un centro de sensaciones impersonales, un espejo sensible que refleja la diversidad del mundo. Así se combate el tedio que surge de la ausencia de una mitología capaz de sostener la ilusión de una verdad sólida.
Encerrados en las sensaciones, los pensamientos se disuelven, la monotonía retrocede y retorna el asombro. La tragedia ajena se convierte en una distracción más de nosotros mismos. Y a medida que nos vaciamos, que nos convertimos en nada, se abre la posibilidad de imaginarlo todo.
Este es, en definitiva, el consuelo del hombre moderno: contemplar las innumerables desgracias del mundo en vivo y en directo, desde la comodidad del hogar, con la distancia justa para que la empatía no amenace la indolencia. Pero la retina ya no puede sostener esa distancia. La revelación es inapelable: todos sufrimos, todos compartimos la misma condición. Los ojos regresan a la caverna del pensamiento para anunciar la buena nueva: la mente renace en una implosión caleidoscópica que, finalmente, nos conecta con los demás
Eduardo Schele





























































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