Fisher y el realismo capitalista: la imposibilidad de imaginar alternativas

El capitalismo es un caballero al que no le gusta que lo llamen por su nombre.  

Bertolt Brecht

Mark Fisher advertía que resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Según él, este no desaparecería de golpe, sino que se iría desmoronando poco a poco, en un proceso de extinción gradual. En el clima nihilista de nuestra época, parece que la única esperanza posible es aquella que carece de sentido, lo que abre espacio a creencias y supersticiones que intentan llenar el vacío del desamparo.
Mientras los rituales y los símbolos se derrumban, el capitalismo permanece en pie. Fisher lo describe como un sistema que se alimenta de los propios espectadores, quienes consumen las ruinas de lo que queda. Liberados de las viejas abstracciones, el realismo capitalista nos ha vuelto inmunes a la fe y a cualquier forma de fanatismo, pero al mismo tiempo ha reducido nuestras expectativas, produciendo una completa desacralización de la cultura.

El capitalismo aparece así como una entidad plástica, capaz de absorber y metabolizar cualquier cosa con la que entra en contacto. Neutraliza rápidamente cualquier gesto de disconformidad y lo transforma en apatía, descompromiso e impotencia reflexiva.
Los estados depresivos que emergen de este escenario suelen buscar alivio en el placer inmediato, en la ilusión de recuperar control sobre la vida. Pero ese alivio es efímero: pronto llega el aburrimiento, la fatiga hedónica y la necesidad de nuevas sensaciones que endulcen la existencia.

Fisher sostiene que esta adicción al entretenimiento que ofrece la “matrix” genera una interpasividad frenética y dispersa, acompañada de una incapacidad general para concentrarse. Ya no es necesario leer: basta con reconocer eslóganes para moverse por el flujo informativo de internet, el celular o la televisión. En este sentido, afirma, el capitalismo es iletrado.

En este contexto, los profesores quedan atrapados en una paradoja: deben ser a la vez facilitadores del entretenimiento y figuras de disciplina autoritaria, justo cuando las estructuras disciplinarias parecen estar al borde del colapso. El realismo capitalista nos obliga, entonces, a habitar una realidad infinitamente maleable, siempre lista para reconfigurarse.

Finalmente, bajo el modelo hedónico, la felicidad se reduce a “verse bien y sentirse bien”, todo dentro de un marco ideológico tan naturalizado que se vuelve invisible. Esa invisibilidad impide cuestionar lo que se ofrece y bloquea la posibilidad de imaginar alternativas, consolidando la idea de que esta es la única realidad posible.

Eduardo Schele

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