
La enfermedad del hombre espectador se puede resumir en una breve fórmula: cuanto más contempla, menos es.
Jacques Rancière
La promesa de los “quince minutos de fama” adquiere un brillo aún más codiciado cuando los cimientos de la sociedad parecen tambalear. En un mundo cada vez más desencantado, los individuos buscan escapar de las condiciones alienantes de la vida moderna mediante el supuesto estatus que otorga el reconocimiento público. Esa ilusión de visibilidad permite evadir la rutina y adentrarse en un territorio casi mítico de la existencia. Sin embargo, al priorizar estas emociones, la contemplación estética pierde su sentido introspectivo original, profanando aquello que antes se veneraba con respeto.
Cada escenario se transforma en una oportunidad para huir del abrumamiento y rozar, aunque sea fugazmente, la sensación de eternidad. Como advirtió Antonin Artaud, la civilización nos exige a veces abandonar el reposo habitual, ese conformismo que nos condena a la intrascendencia y al anonimato.
En sintonía con el pragmatismo crónico que nos aqueja, el arte ha sido reducido a espectáculo, desplazado de su función ritual y convertido en un medio de distracción más que de introspección. El espectador parece buscar en él lo que René Magritte definió como “amentalismo”: la feliz indiferencia ante las inquietudes filosóficas y el gozo de renunciar a todo cálculo racional.
La conmoción que promueven muchas obras contemporáneas responde a esta lógica. Artaud sostenía que el teatro debía ser un delirio contagioso, capaz de perturbar las mentes para exorcizar el alma y liberar al inconsciente reprimido. Así, el espectador es tratado como la serpiente por el encantador: primero con medios groseros que capturan su atención, luego con vibraciones más sutiles que lo arrastran a un trance sensorial. En ese teatro de la crueldad, el público ocupa el centro y el espectáculo lo rodea, envolviéndolo en un flujo constante de sonidos, ruidos y gritos escogidos por su potencia vibratoria antes que por su significado.
Este fenómeno puede leerse como consecuencia de la declinación de las antiguas limitaciones metafísicas. Con la locura como guía, deambulamos por el laberinto de la irracionalidad, abrazando el delirio y la espontaneidad como antídotos contra la enfermedad conceptual que nos ha sumido en un estado catatónico, indiferente a la vida y a la muerte.
El arte, en este contexto, busca quebrantar la sensibilidad del espectador, arrastrándolo a un trance que prometa superioridad y revitalización. Nietzsche anticipó que viviríamos en un vaivén constante entre la angustia y la catástrofe, incapaces de sostener valores o metas a largo plazo.
Ese deseo de superación, orientado al fortalecimiento del poder personal, puede degenerar en el nihilismo pasivo: la existencia se trivializa y se embota mediante la embriaguez estética, convertida en narcótico que atenúa el disgusto hacia nosotros mismos. Cuando el éxtasis se vuelve rutina, las demandas de estímulos se tornan cada vez más espectaculares y monstruosas, buscando la disolución total de la voluntad como único remedio frente al destierro existencial.
Alain Badiou denominó a esta deriva “nihilismo libertario”: individuos que persiguen la emancipación a través del goce sin restricciones ni compromisos, desconectándose del mundo como si se tratara de un estado inducido por drogas. En sus palabras:
“No andemos con cuentos, lo que quiere el animal humano es gozar, y es así como se lo atrapa, de tal suerte que hace del mundo un desecho y él mismo se hace el desecho de un montón de basura.”
Quienes convierten el arte en fiesta buscan sacudir a las masas del letargo del conformismo. El dilema es que ese protagonismo raras veces se traduce en reflexión. Por el contrario, al entregarse únicamente a sus pasiones, los espectadores contribuyen poco a combatir la enajenación de la vida moderna. Y, sin embargo, parecen conformes con ello, mientras disfruten del efímero privilegio de ser reyes por un día.
Eduardo Schele





























































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