
A fines de los años ochenta emergió el stoner rock, un género que, según sus propios exponentes, nunca buscó ser reconocido como tal. El llamado rock del desierto comenzó a distinguirse rápidamente por sus tempos lentos y el bajo distorsionado hasta la saturación, evocando a gigantes como Led Zeppelin o Deep Purple. Sin embargo, fue Black Sabbath la banda que marcaría de manera más decisiva el rumbo del movimiento.
El stoner, siguiendo la estela oscura de la agrupación liderada por Ozzy Osbourne, dirigió sus letras hacia los rincones más decadentes de la condición humana. Con ritmos lúgubres y viscerales, invocaba a las bestias que animan el espíritu dionisíaco. El desierto se convirtió para estos jóvenes no solo en metáfora del hombre moderno, sino también en un oasis fértil donde podían exorcizar sus demonios a través de la música y de sustancias que expandían la experiencia (no en vano, stoner significa en inglés “fumón” o “fumeta”)
El escritor británico Andrew O’Neil describió al stoner como la subcultura más extensa, efervescente, creativa, inteligente, extrema y hedonista de su tiempo. Una búsqueda interminable de un sonido más denso y profundo, capaz de despertar a los pocos idealistas que aún resistían:
Eran el imán de un sueño que se había vuelto amargo. Con el paso de los sesenta a los setenta, la fiesta se acabó y el suelo acabó lleno de globos deshinchados, condones usados y vómitos. Sabbath era el sonido de la resaca de los sesenta. El ambiente ya no era nada molón, sino más bien oscuro, deprimente y, en ocasiones, aterrador.
La metáfora del desierto, ya anticipada por Nietzsche a fines del siglo XIX, se alza aquí como símbolo de devastación y esterilidad: un lugar donde no parece posible más que morir. No sorprende, entonces, que muchas de las letras del stoner resalten la violencia y la decadencia de la naturaleza humana. Josep Maria Esquirol lo formula de otro modo: el desierto es la experiencia del desamparo, la intemperie radical que nos reduce a pequeñas líneas verticales perdidas en la vasta horizontalidad. Esa conciencia de insignificancia se alinea con el nihilismo, con la erosión de todo sentido.
El desierto no es solo ausencia de objetos, sino también de vínculos: un espacio donde se disuelven las relaciones que nos conectan con los demás. Su monotonía dificulta la orientación y convierte la búsqueda de sentido en un gesto absurdo, condenado a escarbar hacia adentro para sentir algo más que sufrimiento.
En este escenario aparece el último hombre nietzscheano: incapaz de extender su pensamiento más allá de sí mismo, reducido a un transeúnte que se conforma con las apariencias, sin atisbo de profundidad.
Hannah Arendt también recurrió a la metáfora del desierto para explicar la pérdida de sentido en las sociedades modernas. La desertificación, según ella, divide y aísla, alimentando la desconfianza y dando paso a la violencia. El desierto envenena al ser humano, lo cubre de filisteísmo y lo reduce a la mera supervivencia individual. Así, la pluralidad se degrada en una masa de egos solitarios y conformistas.
La desertificación nos arrastra hacia un no-mundo de sustancias inertes e inconexas. Con el abandono surge la incertidumbre, y con ella la desconfianza ante cualquier proyecto común. En este contexto, los stoner no aspiraban a diseñar un mundo mejor: buscaban evadirse, crear pequeños oasis de resistencia, espacios de éxtasis donde olvidar la desazón de la vida moderna. Algunos eligieron perderse en el desierto para reencontrar allí una humanidad arrebatada por la barbarie productiva.
Más allá de sus riffs pesados y sus atmósferas densas, el stoner reflejó la crisis de una generación que halló consuelo en el autoexilio. El desierto se convirtió en el escenario ideal para que la rueda del entendimiento girara libre, librando la batalla de quienes se atreven a pensar de manera autónoma y crítica.
Eduardo Schele





























































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