Filosofía punk

A mediados de los años setenta, el punk irrumpió con sus ritmos, actitudes y estética para enfrentarse a cualquier fuerza que amenazara su libertad. En un escenario marcado por la carencia y la hostilidad, lejos de refugiarse en la evasión, aquella generación de jóvenes rebeldes eligió renunciar a las costumbres de la mayoría y abrir sus propios senderos.

Desde la precariedad y la inexperiencia, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, las primeras bandas se lanzaron a los escenarios para dar forma a sus ideas, llevando las letras hacia territorios hasta entonces inexplorados. En apenas unos minutos de actuación, lograban desatar su furia mediante performances surrealistas que desafiaban las costumbres alienantes de la época.

En sus orígenes, el punk combatía el dogmatismo y las creencias que imponían un orden incuestionable. Aspirando a mantener el control sobre la propia vida, se resistía a transitar la senda de la tradición, buscando rescatar la singularidad y la capacidad de cuestionar el mundo.

Ese mayor nivel de conciencia los condenaba a convivir con el escepticismo y la incertidumbre, predisponiéndolos a interrogar todo valor presentado como necesario, universal o absoluto. Para los punks, las convicciones no son más que cárceles construidas sobre intereses ajenos, fuera de nuestro control.

El 25 de marzo de 1980, los Dead Kennedys encarnaron esta actitud en los Premios Bay Area Music. El éxito de California Über Alles llevó a los organizadores a invitarlos para cumplir con la cuota de “diversidad”. Fieles a su estilo satírico, se vistieron con ropa formal, pero dibujaron una gran “S” en sus camisas que, junto con las corbatas, formaba el símbolo del dólar. No fue casualidad: era parte del performance ideado por Jello Biafra.

Tras unos segundos de California Über Alles, el vocalista interrumpió: “¡Atención! Vamos a demostrar lo adultos que somos. No somos una banda de punk rock, somos un grupo new wave”. Acto seguido, comenzaron Pull My Strings, una mordaz crítica al mundo musical, cuya letra proclamaba:

“Quiero ser una superestrella prefabricada/ Quiero ser una herramienta/ No necesito alma/ Quiero ganar mucho dinero/ Tocando rock and roll/ Haré que mi música sea aburrida/ Tocaré mi música lentamente/ No soy un artista, soy un hombre de negocios/ Sin ideas propias/ No ofenderé/ O sacudiré el barco/ Sólo sexo, drogas y rock and roll”.

Como los cínicos de la antigüedad, el punk se ha empeñado en escandalizar, incomodar y desafiar, sobre todo a quienes detentan el poder, denunciando y, en muchos casos, boicoteando la vida moderna. Su objetivo es perforar, socavar y corroer los principios que debilitan nuestras fuerzas y amenazan la libertad.

La desconfianza hacia las promesas y los ideales de progreso pronto tiñó sus reflexiones de un matiz distópico. El ser humano parece alcanzar una conciencia crítica solo a través de un retroceso nihilista, conviviendo con el vértigo que produce la constatación de nuestras limitaciones: aquello que nunca podremos poseer o realizar.

Contra los cánones impuestos por el comercio y la institucionalidad, el punk reivindica la autogestión y la filosofía del “hazlo tú mismo”, estrategias que fomentan la independencia y la creatividad, esenciales para combatir las formas crípticas del academicismo que obstaculizan la libre circulación de ideas.

Mediante ritos y recursos estéticos, los punks se negaban a entregarse al ritmo productivo y alienante de la vida moderna. El arte, aquí, emerge como agente curador, generando representaciones que ofrecen resistencia frente al orden impuesto.

Hasta hoy persiste el menosprecio hacia el instinto y el arte que lo encarna, evidencia de la continuidad del espíritu apolíneo, visible en la valoración de la mesura y la limitación en la conducta. En este contexto, movimientos como el punk nos recuerdan que el caos siempre acecha, listo para sacudir nuestra percepción habitual del mundo.

El punk, en definitiva, no solo actúa como bálsamo frente a la resaca del despertar de la conciencia, sino que, en sintonía con el cinismo clásico, se erige como herramienta para incomodar a quienes aún duermen y aspiran al poder.

Eduardo Schele

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