
Apariencia de sabiduría y no sabiduría verdadera procuras a tus discípulos. Pues habiendo oído hablar de muchas cosas sin instrucción, darán la impresión de conocer muchas cosas, a pesar de ser en su mayoría unos perfectos ignorantes; y serán fastidiosos de tratar, al haberse convertido, en vez de sabios, en hombres con la presunción de serlo.
Imagina que eres un estudiante de una asignatura humanista en un establecimiento educacional. El profesor ha asignado el trabajo final: un ensayo crítico de seis planas sobre el uso de la inteligencia artificial. No te ha ido tan bien durante el año, y una mala nota podría significar la reprobación. A ello se suma tu mala organización: apenas queda una semana para entregar el trabajo. La angustia y la ansiedad aparecen, aunque solo por un instante, porque sabes que no estás solo. La amplia oferta de inteligencias artificiales te tranquiliza: no solo pueden orientarte en el desarrollo del ensayo, sino incluso redactarlo por completo.
Ni siquiera te tomas la molestia de copiar las instrucciones. Simplemente adjuntas en el chat el documento con la rúbrica y, en cuestión de segundos, recibes el trabajo terminado, con todos sus apartados e incluso referencias. Dudas. El texto está demasiado bien escrito para un alumno promedio como tú. Entonces recurres a otra IA para “humanizarlo”. Paradójico: la máquina humaniza lo que ella misma creó. ¿Nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros? No te detienes a reflexionar. A estas alturas del año lo único que quieres es apagar la conciencia. La versión “humanizada” parece convincente, indetectable. Lo compruebas con otras IAs que se especializan en detectar textos generados por máquinas. Pasa la prueba. Estás satisfecho: el trabajo está listo y lo envías dentro del plazo.
Ahora imagina que eres el profesor. El fin del año académico se acerca y tienes un sinfín de pruebas y ensayos por corregir. El tiempo escasea, las jornadas se extienden hasta altas horas en casa, y la concentración se diluye entre tantas páginas. Te preguntas: ¿alcanzaré a corregir todo a tiempo? La ansiedad también te alcanza. Decides no complicarte más y recurres a la inteligencia artificial. Si la usaste para diseñar la pauta del trabajo final, ¿por qué no usarla también para corregirlo? Uno a uno subes los documentos al chat. La IA te entrega observaciones, aspectos por mejorar y una calificación para cada ensayo. Te parecen evaluaciones justas, así que registras las notas en el sistema y devuelves los trabajos con comentarios incluidos, todo dentro del plazo.
El círculo se ha cerrado. Lo que comenzó con la IA —el diseño de la guía y la rúbrica— termina con la IA corrigiendo lo que ella misma originó. ¿Cuál ha sido el rol humano en este proceso? Apenas subir y descargar archivos. El resultado al que llegaron tanto alumno como profesor podría haberse dado sin que ninguno leyera lo generado por la máquina. El objetivo inicial —propiciar una reflexión crítica sobre los contenidos de la asignatura— jamás se cumplió.
Este escenario, cada vez más común, tiene un eco en la mitología antigua. En el Fedro, Platón pone en boca de Sócrates el relato del dios egipcio Theuth, inventor de la escritura. Orgulloso, Theuth presenta su hallazgo al rey Thamus como un remedio para la memoria y la sabiduría. Pero Thamus lo rechaza: la escritura, advierte, no fortalecerá la memoria, sino que la debilitará; no dará verdadera sabiduría, sino solo su apariencia. El texto escrito, incapaz de defenderse o dialogar, se convierte en un simulacro de conocimiento
Hoy, en la era de las inteligencias artificiales, este mito adquiere una vigencia inesperada. Los sistemas capaces de producir textos impecables reproducen la promesa de Theuth: acceso inmediato a la palabra escrita, sin esfuerzo ni riesgo. Pero, como advirtió Thamus, lo que se obtiene no es sabiduría, sino su sombra. La escritura automatizada imita la forma del pensamiento, pero no su ejercicio crítico.
Frente a este panorama, el diálogo oral reaparece como la única instancia capaz de validar el pensamiento auténtico. En el diálogo vivo, como en la práctica socrática, las ideas no solo se exponen: se ponen a prueba, se cuestionan, se reformulan. El interlocutor no es un espejo complaciente, sino un otro que interpela y obliga a pensar. Allí donde el texto puede replicarse infinitamente, el diálogo es irrepetible: acontece en un tiempo y un espacio concretos, con voces singulares que se arriesgan en la búsqueda de la verdad.
Volver al mito, a la tradición oral y a la filosofía socrática no es un gesto nostálgico, sino un acto de resistencia. En un mundo saturado de palabras producidas por máquinas, el diálogo se convierte en el último reducto de lo humano: un espacio donde la crítica, la escucha y la reflexión compartida no pueden ser sustituidas por ningún algoritmo.
Eduardo Schele





























































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