El filósofo chileno Gastón Soublette planteó una dura crítica al mundo puramente causal en el que vivimos, donde la ciudad expulsa la poesía y el misterio como si fueran cuerpos extraños, erigiéndose en una verdad absoluta, rígida y vertical, anclada en el suelo como un poste. La urbe moderna, erizada de rascacielos, no es más que la manifestación tangible del absolutismo mental de nuestra época.

Si bien nacemos con la capacidad de comprender el mundo, nuestra percepción se encuentra distorsionada por las proyecciones que imponemos sobre las cosas, es decir, por nuestras propias pretensiones, que, como señala Soublette, ni siquiera nos pertenecen, sino que nos son impuestas por quienes ejercen mayor presión. La mirada humana, enferma de deseo de apropiación y dominio, define y percibe la realidad limitada por la semejanza con aquello que tiene más a mano. Existe, sin embargo, una necesidad subyacente: al tomar conciencia de nuestra desnudez, buscamos vestirnos para evitar la vergüenza, utilizando la ciencia como un muro protector que nos permita vivir con dignidad. No obstante, en este proceso, terminamos enemistándonos con la vida a través de las diversas ideologías.

Cuando se come del árbol de la ciencia de la ganancia y la pérdida—cuando se aspira a la riqueza y se construyen los grandes edificios—desaparecen, afirma Soublette, los jardines divinos. En este panorama, nuestra visión y audición rozan la ceguera y la sordera, distorsionadas por el deseo de que lo visto y oído coincida con lo esperado. Sin embargo, lo creído eventualmente se desmorona, revelando el vacío tras la decepción o la sorpresa.

El enfrentamiento directo con la virtud del vacío se elude mediante el juego ritual, una práctica vinculada al sentido, generalmente en armonía con el universo. Citando a Confucio, Soublette señala que el rito es la conducta humana transformada en obra de arte, evitando la confrontación directa con el significado. En este contexto, se vuelve imprescindible regresar a la naturaleza, entendida como un refugio de paz frente al avance del desierto del espíritu. No obstante, la magia ha sido abolida por una red de conceptos, desplazada por un pensamiento ordenado y legaliforme. El espacio, advierte Soublette, ha sido invadido por el cálculo, el ruido y el parloteo, pues el silencio nos resulta insoportable cuando nos enfrenta a nuestra desnudez—es decir, a nuestra inexistencia.

Lejos de ser una catástrofe apocalíptica, el fin del mundo ha sido un acontecimiento banal. Deambulamos, señala Soublette, entre los escombros de lo que alguna vez fue un mundo. Acostumbrados a la monstruosidad, terminamos normalizándolo todo, siempre que la mayor desgracia recaiga sobre otros. Creemos que los recursos financieros y la tecnología nos permitirán construir algo mejor, pero ya no queda un mundo que mejorar. Estamos, sin saberlo, en el juicio final, aunque ignoramos quiénes son los jueces y los defensores.

Eduardo Schele

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