Acaso sé yo por qué el hombre es el único que ríe. Solo él sufre tan profundamente que ha tenido que inventar la risa. El animal más desdichado y melancólico es también, con toda evidencia, el más alegre.

Friedrich Nietzsche

A pesar de los intentos por erradicar aquellas conductas que amenazan la estabilidad de la tradición, siempre persisten formas de introducir un gesto de irreverencia frente a la seriedad de los roles que desempeñamos. Más que una distracción inofensiva, la comedia —especialmente a través de la sátira— tiene la capacidad de cuestionar lo que solemos considerar digno de reverencia. Cuando el humor traspasa los límites de la moralidad, lo solemne se despoja de su aura y se vuelve trivial.

Este tipo de humor encuentra antecedentes en manifestaciones teatrales del siglo XIX, donde los actores ridiculizaban las creencias y costumbres de la burguesía, exponiendo sus vicios mediante la parodia. Algo semejante ocurrió en las vanguardias artísticas del siglo XX. La Neue Sachlichkeit o “nueva objetividad”, por ejemplo, buscó superar las limitaciones estéticas del arte clásico y ofrecer una visión crítica nacida del descontento hacia quienes detentaban el poder.

A diferencia del expresionismo, la nueva objetividad adoptó un enfoque realista, orientado a la crítica cultural. Su compromiso político se plasmó en pinturas que denunciaban los abusos de la clase alta, visibilizando sus degeneraciones. De manera paralela, el dadaísmo llevó la burla aún más lejos: su propio nombre era ya una provocación, un sinsentido. Este movimiento desafiaba las expectativas del espectador al rescatar lo marginal y lo obsoleto, subvirtiendo las normas establecidas. Los readymades fueron decisivos en este gesto: al exaltar lo absurdo y lo carente de sentido, se burlaban tanto de críticos como de espectadores. La célebre obra La fuente (1917), concebida inicialmente como una broma contra la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York, terminó por cuestionar el estatus mismo del arte.

Estas obras revolucionaron el campo artístico al mostrar que se sostiene en principios históricamente determinados que condicionan tanto su creación como su recepción. No fue la razón la que reveló estas estructuras, sino el humor, desplegado en bromas, sátiras, parodias e ironías. Así, el arte trasciende la mera función de entretener: puede despertar una conciencia crítica en el espectador.

Si la tradición tiende a alienarnos, el arte debería denunciar este proceso en lugar de reforzarlo, contribuyendo a desvelar los encubrimientos de la cultura. De este modo, la obra de arte abre el mundo, revela lo oculto y transforma la experiencia de quien la contempla, volviéndolo más crítico y consciente.

Sin embargo, las masas suelen preferir una comedia que, en su afán de disipar frustraciones, adormece la mente. Este tipo de entretenimiento, que algunos califican como “arte excremental”, convierte lo trivial en espectáculo y prescinde de toda profundidad. Se ajusta a la lógica mercantil moderna, que evita significados complejos para ofrecer gratificación inmediata. El arte se convierte así en un remedio superficial frente a una realidad percibida como fallida, emergiendo de un nihilismo que responde a la insatisfacción con lo que nos rodea.

Al eludir el intelectualismo y centrarse en lo cotidiano, esta comedia facilita la identificación del espectador, pues satisface la necesidad de evasión propia de la vida moderna. Bajo el asedio constante de la razón, el humor se presenta como terapia que busca insensibilizarnos ante el drama de la existencia. Pero esta efervescencia no amenaza al poder: la entrega a lo orgiástico y emocional termina reduciendo las obras a simples fetiches desechables.

Todo parece válido cuando se trata de adormecer el pensamiento, refugiándonos en un entretenimiento banal. Estas ficciones nos ayudan a sobrellevar la náusea de la existencia, que Sartre vinculaba con la monotonía de una vida sin trascendencia. El humor que promueve esta cultura fomenta una felicidad superficial, funcional a un modelo de productividad ajeno a quienes lo ejecutan.

La psicología positiva ha convertido la felicidad en un recurso instrumental, un capital que sostiene la esperanza de alcanzar lo que el mercado promete. Como señaló Emil Cioran, una vía de escape frente al absurdo es refugiarnos en la demencia, desplazando nuestras frustraciones hacia estímulos que al menos nos permitan reírnos de nuestras miserias. Sin embargo, el humor puede ir más allá: degradar los valores que solemos venerar y abrir un espacio de crítica.

La risa, en este sentido, puede significar el colapso momentáneo de lo simbólico que organiza nuestra vida cotidiana, deconstruyendo las normas sociales que limitan nuestra expresión. Al igual que el arte, la comedia puede perturbar el orden y desafiar a quienes detentan el poder.

Si queremos evitar nuevas formas de dogmatismo, debemos preservar una sociedad abierta a la crítica y la reflexión, ya sea mediante la razón o mediante la risa.

Eduardo Schele

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